20130821

Lunáticos (parte i)

Él quiere volver a casa. Solamente eso, volver a sentir la brisa fresca soplando al atardecer. Son las cosas que se extrañan cuando se vive en una colonia espacial lunar. Ya van 23 meses conviviendo con el mismo equipo de científicos de planta, a ellos les encanta vivir acá, completamente aislados, a trecientos ochenta y cuatro mil kilómetros de cualquier persona común y corriente.
   Desde abajo dirán que están locos, encerrados con sus parásitos en esa roca fría sin aire, sin ganas de volver. Pero él todavía pertenece a la tierra, no puede llamarse a sí mismo lunático, no está loco, no tiene el sentido de pertenencia en la colonia. Sería loco si se hubiera embarcado en esa ridícula misión para conquistar los océanos bajo el hielo de Europa, ¿ocho años de ida hasta Júpiter? ¿Sin tiquete de vuelta?

 —Su llamada está siendo transferida, espere en la línea por favor.

   No es que él sea claustrofóbico. Estuvo dos años viviendo en el un laboratorio submarino sin salir a la superficie. Era muy diferente la cosa, él tenía apenas 18 años y estaba empezando el primer pos-doc. Venían pasantes de todo el mundo de distintos niveles, niños de 15 años terminando la maestría, dinosaurios académicos de cuarenta y tantos que ni siquiera dictaban clases ya en las universidades, nadie sabía realmente sobre qué estaban investigando. Pero eran felices, venían en parejas, un hombre y una mujer. Conocían las parejas residentes, compartían bastante tiempo.
   Es bien sabido que los subgrupos sociales se conforman según intereses en común. Él nunca tuvo problema en relacionarse con los jóvenes que lo reemplazarían en un futuro, no le molestaba enseñarles todo lo que él había aprendido. No se sentía excluido con los vejetes, a veces notaba que ellos lo miraban con compasión cuando hacía comentarios sobre su prospecto de vida. Ellos conocían un secreto místico que él no podía entender en ese momento por más estudios de comportamiento de grupos que hiciera. Con los que nunca pudo llevársela bien fue precisamente con uno que otro pos-doc de su misma edad.
   Y no era precisamente por conflictos de intereses científicos, tres personajes llegaron durante esos dos años, trabajaban en ictología, parasitología y química. Lo único en común era el interés por el lecho oceánico a 1800 metros de profundidad. Ellos cuatro nunca pudieron tratarse. Eran personas distintas pero en el fondo tan parecidas, se negaban a aceptarlo. Adultos jóvenes solitarios, académicos. Sobrevivientes.

    Era evidente cómo ese modelo de ciencia fallaba. Después del evento la Unesco propuso un modelo de humanidad basada en el conocimiento científico. Las facultades de ciencias exactas crecieron exponencialmente en los siguientes 30 años, el número de gentes de ciencia aumentó drásticamente, así como la tasa de suicidios. La Unesco habló de nuevo. Se estandarizó el aprendizaje de matemáticas rigurosas en la educación básica primaria. Química y física de colegio tenían la misma rigurosidad que años atrás solo tenían las universidades más prestigiosas. Se redujo la edad mínima para ingresar a estudios superiores. Como resultado un boom de niños genio invadiendo las aulas. El primer año después de la graduación de esa primera generación la cifra de suicidios se triplicó. Como el balance general de científicos activos mayores de 25 años aumentó, se mantuvo el modelo.

 —Su llamada está siendo transferida, espere en la línea por favor.

   Siempre se preguntó por qué terminó siendo científico. Por qué no se fue por las artes, por qué siguió la sugerencia del test de personalidad, como si a los ocho años se tuviera la madurez suficiente para decidir a qué se va a dedicar el resto de la vida.
   A veces se preguntaba por qué diablos tenía que ser tan consciente de su existencia. Por qué yo soy yo. Y si en algún momento me hubieran abortado seguramente otro feto habría ocupado ese útero, y a la larga ese otro feto crecería y se haría la misma pregunta. Quizá hubiera sido menos grave dedicarse a labores menos "nobles" para la sociedad. La era espacial se le había subido a todos a la cabeza. Cualquiera que estuviera involucrado con el asunto se sentía dichoso de contribuir a ese nuevo gran salto que iba a dar la humanidad, desde el minero con los pulmones más fregados por extraer titanio, la señora de los tintos en la oficina de asuntos ultraterrestres de las Naciones Unidas, los geeks computacionales del MIT, Caltech y el Calcutta Technical School. Era increíble el compromiso que tenían hasta los señores de cuello blanco en todos los niveles.

 —El director Huyggens está por terminar una reunión, por favor espere en la línea.
    ¿Esperar? ¿Acaso puede hacer algo diferente? ¿Acaso ha hecho algo más durante los últimos tres meses desde que concluyó su trabajo? ¿Por qué la gente seguía siendo tan inepta como antes del evento? ¿Por qué el protocolo sigue siendo vigente cuando casi les cuesta la vida?
     Tal vez no se merecían esa nueva oportunidad. La Tierra debió haber sido arrasada con lo que parecía ser la primera guerra atómica del milenio, el evento. La versión oficial culpó a un hacker servio de infiltrarse en el pentágono y lanzar tres misiles: Moscú, Shangai y Londres. Tres bombas "limpias" que devoraron más de doce millones de personas. En respuesta Rusia atacó Nueva York desde Cuba, Japón a San Francisco. Nunca se supo quién atacó Nueva Delhi. veinte millones más.
    Faltó muy poco para que bombardearan Korea e Irán. Faltó poco para que sembraran gigantescos hongos radioactivos por todo el globo. De algún modo extraordinario miles de cabezas militares se congelaron de pavor al pensar que ese sería el fin de la especie. Después de esas seis explosiones hubo un largo silencio.

 —¡Porter! Me alegra verlo, no puedo creer que hace solo unos meses usted y yo estuviéramos charlando personalmente sobre su viaje a la estación lunar internacional.
 —Igualmente director.
 —¿Que tal sus experimentos con un sexto de la gravedad? En lo personal me resulta muy extraño hacer experimentos donde los científicos sean el objeto de estudio. Muy buena su idea de tener un grupo de control en Tierra, mejor dicho, en el agua.
 —Los resultados son los mismos que los obtenidos con el grupo de prueba, señor.
 —Magnifico, esto sin duda representará una o dos publicaciones en Nature. Imagínese usted: "Correlación entre niveles de cortisona y niveles de estrés en grupos científicos multidisciplinares en micro-ambientes con distintos valores de gravedad"
 —Quizá.
 —¿Y ahora qué viene Porter? ¿Va a solicitar al comité un asiento en gravedad cero? En lo personal sería el paso más evidente en su proyecto.
 —Espero volver lo más pronto posible para completar el informe con algunos manuscritos.
 —¿Manuscritos? Usted es tan peculiar Porter. ¿Por qué seguir con ese método tan arcaico? Eso es lo de menos, podemos asignarle un asistente que se encargue de ir a buscarlos a su oficina, los digitalice y el asunto se da por terminado.
 —Señor, con todo respeto, considero pertinente mi regreso a la Tierra.
 —Veo.

 Nada más incómodo que un silencio más largo que los habituales tres segundos que tarda la señal en ir de la Tierra a la Luna, casi un orden de magnitud por encima.

 —Entenderá usted que el comité tiene un presupuesto reducido...
    "Bla bla bla bla, basura, bla bla bla" es todo lo que él entendió. Son unos mentecatos hijoputas. Y se siguen preguntando porqué la gente no quiere trabajar con ellos y prefiere matarse. Ignoran por completo la naturaleza humana, creen que somos máquinas que producen y reproducen conocimiento. Nuestras mentes cartesianas requieren un respiro, gritan nuestras almas (si tal concepto aún es válido). ¿Por qué diablos quiero irme de una roca de gentes aisladas a otra un poco más grande?.
 —Sin embargo esta es la cuarta vez este semestre en la que hago esta solicitud. Señor, calcule usted cuántas horas-hombre se han perdido por encontrarme varado aquí. Como informé en su momento, he concluido la etapa de investigación de campo. Esperé el vehículo que me llevara de vuelta, entre tanto avancé con el análisis preliminar de los resultados obtenidos. Tras la segunda negación del transporte, seguí trabajando. Ya he redactado buena parte de la tesis, necesito mis manuscritos para finiquitar este asunto y poder continuar mi labor académica en otro proyecto.
 —¿Insinúa usted que su estadía en la estación lunar internacional ha sido un despilfarro de presupuesto? De ser así usted quedaría inmediatamente despedido, por malgastar los bienes de la humanidad holgazaneando. Pero no es de preocuparse, podría conseguir algún empleo que le de comer en la colonia, ya sabe, labores de mantenimiento y limpieza, usted es afín con la tecnología, por el pan usted no se quedará de manos cruzadas.
    De nuevo ese silencio de más de seis segundos.
 —Sabemos muy bien que ese no es el caso.
 —Sabemos muy bien que no podemos enviar un viaje charter. Se lo diré por tercera ocasión, tenga paciencia. La nave de re-abastecimiento anual llegará en un par de meses, o eso es lo planeado. Ya sabe usted como estamos de presupuesto, igual la colonia está empezando a ser autosuficiente...
    Mierda, esto va para largo.
    Tomó un hondo respiro lleno de resignación y aire reciclado. Será una ocupación cambiar los filtros. Él recordó haber escuchado que alguien en la Colonia tenía libros. Libros de verdad, de esos con tinta impresa sobre fibras vegetales. Sonrió.
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Filipo Rviz y el Taller del Cuento Ciudad de Bogotá 2008

Sobre esta página

Filipo Rviz / Felipe Gómez abre este espacio en abril de 2008 cuando hizo parte del Taller de Cuento Ciudad de Bogotá 2008.
Dirigido por Carlos Castillo Quntero
http://www.tcuentobogota.blogspot.com

Desde entonces esta Bolsa de Ideas reune los relatos preliminares.


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