20131029

Inherencia



Pedacito de mi vida
Celina y Reutilio

Me siento como el pastorcillo mentiroso, cuando el lobo vino de verdad nadie le creyó,  depositaron su confianza en él, le dieron la mano, se tomó el codo y en menos de nada hasta el hombro. "No es justo" pensaría él, pero hay que ponerse en los zapatos del otro.

Bastó tu llamada (y las mías obviamente) para sacarme toda la angustia que creía ya tener en calma. Sucedieron tres horas de sozobra, desespero de estar clavado acá estudiando al puto genio de Landau, con las ganas infinitas de tomar un taxi y volar hasta tu casa para lanzar piedras a tu ventana hasta el amanecer, suplicando en vano una audiencia para exponer mi defensa. Curioso es ser ahora fiscal también.

Recordé las veces que te saqué de quicio, tú ocupada en tus labores y yo ahogándome en un vaso de agua por que no querías responderme. Tú en el mundo real y yo como un infante llorón de dos décadas y media. Restaba calmarme, como en el antiguo sistema español preparé mi defensa en folios binarios, guardando la esperanza que los leyeras, nada más, quería aclarar las cosas. Si esta es la despedida, quiero al menos tratar de quedar en paz contigo.

Salí a dar una vuelta en bicicleta buscando cigarrillos sobre la Boyacá a las dos de la mañana cagado del susto, buscando la nicotina. Los celadores me vieron extrañados, un loco con gabán pedaleando de madrugada. Nada, no estaba la chaza. Pedaleé hacia el terminal de transportes, le encargué la bicicleta al hombre de chaqueta roja, radio y revólver, entré apurado y los encontré al fondo del pasillo. "Sería una tontería perder la bicicleta a esta hora por unos cigarrillos." El hombre fue de palabra, me quedé echando carreta con él, contándole de mi extraño oficio y mi temor por la ciudad a esa hora. Él se reía, a esta hora no pasa nada. Volví a casa, los policías estaban echándome ojo por andar sin casco y chaleco reflector.

Me senté en la plazoleta, encendí un cigarro y escuché el murmullo de la ciudad, por sus venas corren cacharros metálicos rugiendo, pero a lo lejos suena más fuerte el siseo que hacen al cortar el aire, el zumbido del caucho deformándose rodando y rodando.

Detestas el cigarrillo. Detestas el humo en tu casa. Detestas esa figura que fuma y fuma viendo los días pasar sin hacer algo productivo. Razón de peso para dejarlo. Pienso en esos recuerdos llenos de telarañas que te joden la vida, que te hicieron verme alguna vez como un inútil derrotado incapaz de ser un modelo a seguir. Suspiro. El humo es solo una excusa para sentarme y recuperar la calma, para aguantar el frío de Bogotá.

Entonces miro al cielo, entre las nubes veo una estrella de brillo continuo. ¿Júpiter? ¿Saturno?, Saturno estaba cerca de Venus hace un mes, no puede ser él. Un par de noches atrás me había parecido verlo al lado de las Pléyades. Ha de ser Aldebarán, alpha-Tauri, la estrella más brillante del toro. Entonces esa otra a treinta grados debe ser alpha-cannis majoris, Sirio. Las bruma da espacio para ver tres estrellas alineadas. Este pedacito del cielo lo conozco bien, abajo debe estar la nebulosa de Orión. Hace casi tres años te mostré ese trozo de noche extasiado por que desde tu casa se podía ver completamente. Me maravilló el cielo despejado de tu casa. Un bonito recuerdo juntos.

Sin ti me muero. Contigo también, así como el Sol, Aldebarán, Sirio y las demás incontables estrellas morirán algún día. Esa es la condición de estar vivo, la muerte. ¿Y qué de la vida si es finita y no hay un más allá? Dejar huella, ese es el sentido de este viaje. No todo es vivir con los afanes diarios, hay que disfrutar el presente, añorar el futuro, recordar con cariño el pasado y no llorar sobre la leche derramada. Es una lástima no poder ver la vía láctea en esta ciudad. El ser humano tiene la libertad de elegir entre vivir bien o amargarse inútilmente. ¿Qué le importará al cosmos si me desvelo angustiado o no?

Quiero un café. No el café con leche que tomábamos por la mañana en el afán de madrugar y tomar el bus a tiempo para llevar a tu pequeño gran ser humano al colegio. Quiero un tinto negro, sin azúcar. Quiero las noches junto a ti, así sin nada más, yacer junto a ti, sin interrumpir tu sueño, cerca para sentir tu respiración, no tanto para abrumarte con mi calor. Quiero que me dejes quererte un poco más cerca, que en la mañana me cuentes tus sueños, ver tu sonrisa, me bastaría despertar el resto de mis días con un beso tuyo en mi mejilla.

Ya en casa caliento un tinto. Serán dos días sin dormir. Obligaciones inaplazables. Lo que más me dolió fue escucharte decir que no eres alguien importante en mi vida. Sabes que no es así. Sabes que cada mañana siento el vacío de mi lecho, suspiro mientras tomo un baño, la comunicación unidireccional no me deja saber qué es de ti. Contigo crecí. Es una lástima que ahora que me entrego a ti por completo, como tú lo hiciste desde el comienzo, sea rechazado. Te maté las ganas, te rompí el corazón como tú ahora a mí, lo lamento profundamente. Quiero ocupar el resto de mi tiempo para enmendar tan grave error. Eres libre de elegir si te quedas o te vas, pero en mi espíritu siempre estarás. 

Eres parte vital de mí, eres mi latir, mi respirar, ahí estás, en cada fibra de mi ser.

Inherencia.

 
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Filipo Rviz y el Taller del Cuento Ciudad de Bogotá 2008

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Filipo Rviz / Felipe Gómez abre este espacio en abril de 2008 cuando hizo parte del Taller de Cuento Ciudad de Bogotá 2008.
Dirigido por Carlos Castillo Quntero
http://www.tcuentobogota.blogspot.com

Desde entonces esta Bolsa de Ideas reune los relatos preliminares.


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